Entrevista con Pablo Bendía Sanjurjo. 2016.

Cartón inacabado de la Plaza de San Martín de Madrid. Técnica mixta sobre cartón, 1999.

Cartón inacabado de la Plaza de San Martín de Madrid. Técnica mixta sobre cartón, 1999.  

ANEXO 1. ENTREVISTA A ADOLFO P. SUÁREZ

Adolfo P. Suárez (Xixón, 1976), pintor e ilustrador asturiano, ha aceptado mi propuesta de una entrevista. Me acerco con un amigo a Gijón para verlo y queda con nosotros en el Toma 3. Cuando entramos al bar, a él le cuesta reconocernos y nos recibe cansado y nervioso. Nos dice que nunca le han hecho una entrevista para un trabajo académico. A pesar de la tensión, es muy amable y accede a responder a lo que le pregunte. Va a por un par de cañas. A la vuelta, le introduzco: estoy haciendo mi trabajo de fin de máster sobre Nacho Vegas. Con su respuesta doy por comenzada la entrevista (agárrense, que vienen curvas):

ADOLFO P. SUÁREZ: Yo no tengo nada que ver ni con Nacho ni con la música indie. Cuando tenía como veinte años, en Gijón había una escena electrónica cojonuda. En las discotecas a las que íbamos nos metíamos de todo: pastillas, coca, éxtasis… de todo. Y estábamos en el Rocamar, en la Fábrica, y no tocando la guitarra, ahí, en la plaza, que nos reíamos de los perroflautas esos. Bueno, la palabra «perroflauta» no existía aún, los llamábamos los «guays». Salían en la prensa y todo, nos entraba una risa… todos colocados… «¡Ja, ja, ja! ¡Mirad qué ponen, a los gilipollas estos de la plaza!» [Risas]. Sí, en realidad estábamos enfrentados. A ver qué se creían entonces los Manta Ray y estos. Y yo con Nacho me llevo de puta madre, ¿eh? Pero vamos, que no salimos del mismo sitio. YO: Quizás precisamente eso sea lo interesante. No sé, puede que haya algo común entre esto que me cuentas, Nacho y la historia de la reconversión. Tengo mis teorías… APS: Pues yo la reconversión te la cuento enterita, desde que nací. Mis padres son de extrema derecha, fachas, y me vinieron a parir a Gijón, cuando llevaban viviendo en La Felguera diez años. Nací en Gijón para que mi carnet de identidad pusiese «Gijón». Pero, ¡joder!, yo soy de La Felguera, hasta los veinte no vine a vivir aquí. Entonces, yo todo lo de la reconversión lo viví de primera mano: yo viví todas las huelgas, en el colegio, todo colapsado, barricadas, un profesor llevándonos con diez años en fila porque estaban tirando cócteles molotov, porque no podían llevarnos a casa en autobús… te estoy hablando de cuando iba a los Dominicos de Sama [Sama de Langreo]. Eso duró meses… Yo vivía enfrente del pozo Frontón, donde había unas casas… bueno, hay, pero están abandonados. Mi padre era ingeniero de minas, y
vivíamos ahí porque era gratis, éramos cinco hermanos y no nos podíamos permitir pagar un piso para tanta gente. La casa la regalaba HUNOSA [Hulleras del Norte, S.A., empresa encargada, aún hoy, de la extracción de carbón en la cuenca minera asturiana] y se montaban unas batallas campales al otro lado del río, debajo del puente… los mineros y los estudiantes contra la policía. Además, de los seis chalets de HUNOSA, solo tres eran de viviendas y los otros tres eran de oficinas. Y venían mogollón de personas a las manifestaciones, a gritar a las oficinas, contra los ingenieros, contra la empresa y tal… y una vez que empezaron a tirar piedras contra nuestra casa –que, ¡claro!, está pegada a las oficinas y era un chalet igual que el nuestro– sale mi madre, que estaba chiflada, en bata y con los rulos: «¡Que es una casa privada! ¡Que HUNOSA es la de al lado! ¡Que nos dejen en paz, por favor! ¡Que esto es privado!» [Risas]. Y los mineros todos: «¡Bueno, señora, perdone!». Entonces ya iban a tirar piedras al otro lado. YO: Y cuando pasó eso, ¿cuántos años tenías? APS: Bueno, eso fue variando, porque era según las huelgas. La primera que yo recuerdo sería con ocho o nueve años, y la última fue tarde, porque los chalets se vendieron para hacer otras empresas… la última sería con quince o dieciséis. YO: Y tus padres no tenían nada que ver con los manifestantes, claro. APS: No, no, no. Mis padres eran unos fachas. Todo eso del rollo minero, rollo derechos sociales… todo lo contrario. Son unos franquistas de arriba a abajo. ¡Y viviendo en La Felguera! Como que tengo un pequeño… hándicap, por haber nacido en esa familia. Luego ya en el instituto conocí gente que me caía bien. Aunque como era un colegio pijo, el Palacio de Granda, luego me escapé. Cuando había manifestaciones de la educación, yo ni me enteraba de lo que protestábamos porque estaba todo fumado y no sé ni de qué iban, y de aquella no había internet así que no te enterabas. Eso se sabía en el instituto de Sama, que era lo mejorcito de la Cuenca, allí estaba lo mejorcito, los más macarras, los más revolucionarios. Es mítico: el Jerónimo González. YO: Público, claro. APS: Sí, sí. Público. Allí se juntó todo lo mejor de esa edad de la Cuenca del Nalón. El instituto de Laviana era una mierda, el que molaba era el de Sama. Allí conocí yo gente de puta madre. Que, aunque yo iba a los Dominicos, tenía amigos en el instituto de Sama porque vivía cerca y entonces iba a las manifestaciones. Y yo, como odiaba a los putos curas de los cojones de los Dominicos, iba a manifestaciones por eso, y porque… ¡que no es de ahora, lo de la educación! ¡Que la llevan recortando veinte
años! El PSOE y el PP, de toda la vida. Entonces nos juntábamos en su instituto, nos tomábamos primero unas cañitas, unos porrinos… «¡Venga! ¡Vamos a los Dominicos, que están todos en clase!». Toda la educación pública en huelga y los concertados y los privados seguían funcionando. Y yo pasaba de ir a clase, yo iba a la huelga. Y de repente, quinientos adolescentes fumados a gritar al colegio de los Dominicos «¡Fascistas!», cosas contra Dios y la religión… Yo me ponía en el bar de enfrente de la ventana a disfrutarlo, porque si me veía el director, que estaba todo el día allí apostado controlando a ver quién protestaba… y siempre me pillaba. Me tenía un odio, ese cura asqueroso… YO: Tú sí ibas a las manifestaciones, entonces. APS: Sí, claro. Con quince años ya. Era como una fiesta. Los adolescentes fumados con pancartas, con megáfonos, atacando al colegio de curas… Y yo veía al director, en la ventana, mirando… «¡Mira al hijo de puta ese, todo chulo!». Y de repente, va, me mira… y luego me echaban tres días del colegio. ALEJANDRO: Menudo contraste entonces… en la Cuenca, un colegio tan reaccionario y el otro… APS: Bueno, de aquella, lo que se dice conciencia política, no teníamos. Pero era el ambiente de rebeldía. Pero vamos, que éramos lo mismo los de los Dominicos que los del instituto: al final, acabábamos todos juntos el sábado en La Pomar, bebiendo sidra y Ribeiro como cerdos. Ribeiro, porros, y luego de copas… y llegábamos todos a casa a las cuatro de la mañana vomitando con catorce años. Que al final éramos todos iguales. YO: Daba igual público que privado, entonces. APS: La gente sí. Lo que era diferente eran los profesores, los colegios o los padres. Yo aún tengo muchos amigos de los Dominicos y del instituto. Eran iguales que yo. Yo porque pude escapar, igual ellos no pudieron… o no quisieron. YO: ¿Tú crees que has cambiado en ese aspecto? Es decir, ¿vas de la misma manera a las manifestaciones que antes? APS: Apenas voy… YO: No tienes una postura militante, ¿no? APS: Que va. YO: Es que, al buscar preguntas que hacerte, encontré un video en Youtube de título Retrato, en donde te hacen una entrevista y te preguntan: «Seguro que es sobre lo que siempre te interrogan pero, ¿por qué pintas ciudades vacías?» Y tú respondes: «Porque Europa está vacía».
APS: Bueno… supongo eso lo diría fumado [Risas]. ¿Por qué la ciudad está vacía? Porque lo que quiero pintar es el edificio o la plaza. Ni los coches ni la gente. No quiero hacer ninguna escena, ni un día cotidiano. Solo arquitectura. No hay nada detrás, por lo menos conscientemente. Que tampoco es que sea yo Freud. ¿Queréis otra cerveza?

[Se va y nos pide otra]

APS: Bueno, aquí tenéis. Oye, ¿y tú qué me decías que estudiabas? [Se dirige a
mí]
YO: Un máster de literatura. Acabé Filología hispánica el año pasado en Salamanca. APS: Yo soy un adicto a la lectura, pero hispánica poca. Normalmente leo escritores alemanes, austriacos… YO: ¿Por ejemplo? APS: Thomas Bernhard, Thomas Mann, Kafka. También los rusos: Crimen y castigo es mi libro favorito, que lo encontré de casualidad con catorce o quince años. También El jugador, aunque yo jugar no jugaba. Lo empecé y me dejó impactado. Y a partir de ahí, toda la obra de Dostoievski. YO: ¿Y de ahora en España? APS: Vila-Matas me gusta mucho. También Baroja: Aquí París es una pasada. Oye, voy a fumar, ¿vale? Vuelvo en dos minutos.

[Se va a fumar.]

APS: ¿Sigue grabando eso? [Señala a mi móvil] Yo: Sí, sí, claro. APS: Iba a decir una burrada, entonces mejor igual no la digo… Bueno, puede que después. Si quieres hablar de la movida asturiana de finales de noventa y principios de dos mil… Había cierta rivalidad y nos manteníamos separados a la hora de hacer cosas, de influencias, de consumir drogas… estaba muy separado el mundo indie, que estaba centrado en Cimadevilla y la plaza, todo el rollo Manta Ray… y luego estábamos otro grupo (bueno, había muchos más grupos, yo hablo de lo que sé que había), que éramos los del Varsovia. Estábamos ahí entre semana hasta que salía el sol… bueno,
pasándolo muy bien. [Risas] Y ya el fin de semana íbamos al Rocamar, y ahí sí, ahí ya nos juntábamos. De aquella, casi todos trabajábamos de camareros. Aunque compusiésemos, pintásemos… no vivíamos de ellos, éramos unos guajes. Y trabajábamos unas horas de camarero, no como ahora, que tienes que estar ocho horas ahí. «Pues venga, el fin de semana, cinco horas: viernes, sábado y domingo». Y cuando salías de trabajar, llamabas a un taxi y nos íbamos a la Fábrica o al Rocamar. Y así te pasabas la semana entera. Yo: Ya veo. APS: Ahora la gente se preocupa que ya ni salen: ya no queda ninguna discoteca. Tiraron el Oasis, tiraron el Rocamar –que era la mejor–… solo queda el Jardin y solo salen pijos. El mundo en el que vivimos ya no existe. Trabajábamos de camareros y el dinero que ganábamos, como vivíamos con nuestros padres, era para salir de fiesta. Trabajábamos tres días y estábamos el resto de la semana de fiesta. Yo: Me gustó eso que dijiste que no era todo indie. APS: El indie se puso de moda a finales del dos mil. Cuando empezó, tendría yo dieciocho años, que fue cuando llegué a Gijón y ya se hablaba del Xixon Sound. Que si estaba Manta Ray, Nosotrash… Pero a mí, la verdad, nunca me interesó. Yo estaba con la electrónica, la chunga, que empezaba de aquella. Yo: Estamos hablando de los noventa. APS: De los noventa, de los noventa. Fue cuando llegué a Gijón, a mí no me gustó ese rollo y me dio más por la electrónica, por el éxtasis, el estar diez horas con un ciego bailando y sudando, y si no aparecías en tres días no te decían nada. Alejandro: ¿Y la pintura? ¿Ya pintabas durante esa época? APS: Sí, sí, claro. Estuve poco tiempo en Gijón, de hecho, porque me fui a Londres a hacer camas en un hotel. Allí tuve un novio, e íbamos a museos, a galerías… Pero fue por poco tiempo. Luego me volví a Gijón. Y con veintitrés años me largué a Madrid, pero, de aquella, en Madrid, sin trabajar, pagabas en puto pleno centro por una habitación veinticinco mil pesetas. ¿Cuánto es eso ahora en euros? Pues yo trabajaba en la plaza de Chueca de camarero, dos días a la semana, y me daba para pagar la habitación en un piso compartido, con gente de la República Dominicana, México y Chile, que eran encantadores. Justo allí fue donde empecé a hacer los cartones. Trabajaba los fines de semana sirviendo a turistas en un bar, y me pasaba el resto de la semana en un bar que se llamaba El Mojito, en Lavapiés. Llegaba a casa sobre las cuatro, cinco de la mañana con unos colocones… y así empecé a pintar en tablas y
cartones, porque yo quería pintar: saqué unas fotos a algunos edificios, las revelé y en una noche hice un cartón –estuve toda la noche sin dormir–, y al día siguiente lo llevé al Mojito, les encantó y se lo regalé a los del bar. El cuadro ya no existe porque un día una tía cayó encima de él y lo rompió, entonces, lo restauraron –lo pegaron con cello–, lo pusieron en otro lugar más discreto pero otro día otra chica lo vomitó encima. [Risas] Entonces lo tuvieron que tirar a la basura. De aquella, que empezaba a hacer los cartones, los vendía ya por veinticinco mil pesetas. Yo: ¿El cartón? APS: Sí, sí, que era lo que me costaba la habitación. Se vivía muy bien antiguamente… También trabajaba de camarero, pero solo dos días y no ocho horas. Era una vida mucho más cómoda y mucho más barata… Alejandro: ¿Y podías pintar? APS: Claro, claro. Tenía dinero toda la semana para subsistir. Con trabajar dos días a la semana, más la pintura, me daba para pagar el piso, las cervezas, comer y todo. Lógicamente, o cocinaba yo en casa, o comía el menú del día en un restaurante llamado El Automático, en la Calle de Argumosa, donde daban comida casera e iba todo el mundo: igual te vendían una merluza fresca, de mil maneras preparada, por cincuenta pesetas, y pedías antes una sopa o ensalada y te valía treinta pesetas. Y en el restaurante de al lado, era también barato, pero igual el menú te costaba ya mil pesetas. Y era comida casera, como la que hace mi madre. Iba también mucho a La Barraca, que está en Lavapiés –ahora creo que hay una casa okupa–: ibas, te tomabas un vino, que costaba ochenta pesetas, un albariño, y te ponían un plato enorme de jamón y queso, de pincho, gratis… no quiero ni pensar de donde saldría ese jamón, que estaba buenísimo, para regalarlo a esos precios… sería robado. Pues ahí cenaba, con tres o cuatro vinos, a jamón y queso. Yo: Menudo contraste con el Lavapiés de entonces al de ahora… APS: Claro, ahora Lavapiés es un barrio turístico y pijo. No quiero decir ningún grupo político, pero Lavapiés, de lo que fue a lo que es ahora, cambió mogollón. Yo: Decías en una entrevista que te hicieron y está colgada en Youtube, Retratos1, que cuando pintabas Madrid, los edificios emblemáticos, lo hacías pintándolos con el símbolo de la represión.

1 Se puede ver aquí: https://www.youtube.com/watch?v=ZIZ6oirEI_s. Consultado el 24/5/2016.
APS: Bueno… es que precisamente en Madrid las manifestaciones se hacen en plazas históricas, como son Neptuno, Sol, Cibeles… y son plazas que ya me gustaban antes de las manifestaciones por la arquitectura. Yo no pinto la gente, ni las tiendas de campaña ni nada. Las pinto porque son históricas. Bueno, pues un día que estoy colocado, pinto un poco de rojo en el suelo y ya dicen «¡Ay, la represión!». Es mentira. A mí lo que me gusta es pintar el Palace. Yo no tengo la culpa de que en la plaza del Congreso empalices a los manifestantes cuando lo rodean, pero a mí lo que me gusta es pintar el Palace. O sea, se da la casualidad de que en donde me gusta, ahí se reúnen… o nos reunimos, que yo también voy, para protestar. Yo: También me da la impresión, sobre todo, que pintas París muy nublado y con Gijón eres más benévolo. APS: Gijón también nublado. A Madrid sí le pongo más sol. Pero París es una ciudad totalmente gris, siempre está lloviendo… aunque haga una foto de cualquier edificio de París que me guste y tenga sol, a ese edificio le pega gris, le pega nublado. Porque París siempre está nublado. Yo: Pero a Gijón, sobre todo en cuadros que tienes en los que pintas la Cuesta’l Cholo, a veces le pones bastante luz. APS: Sí, es cierto. Pero bueno, creo que eran encargos y les hice exactamente lo que ellos querían. Eran encargos, sobre todo, para gente emigrante y, como vienen en verano, de lo que se acuerdan sobre todo es de esos sitios con sol. No lo ven como yo lo veo, durante todo el año, gris y sin gente. Que eso deprime a cualquiera. Porque Gijón es la ciudad más depresiva, yo creo, que de Europa entera. Debe ser incluso peor que Glasgow [Risas]. Alejandro: En mi caso, y quizás sea una percepción muy personal, cuando escribo me guío mucho por los cuadros. En tu caso, en tus cuadros, veo un Gijón triste, un Gijón gris. Yo: En mi caso, Gijón nostálgico. APS: ¡Pero es que Asturias es gris, no verde! ¡Asturias es verde dos meses! Los otros diez, ¡gris de cojones! [Más risas] Alejandro: Es que esa luz, bueno, creo que es tu interpretación de esa luz. Lo que decía Pablo de que es otra luz diferente a la de París o a la de Madrid. APS: Sí, eso por supuesto. Yo nunca pinto cuadros de ninguna ciudad en la que no haya estado, y siempre a partir de fotos que yo mismo hago. Luego ya le pongo lo que yo quiero, lo que me transmita el ambiente, pero de las fotos que yo hago. A mí me
llega ahora un tío y me dice «píntame un cuadro de Valencia» y si nunca estuve allí no se lo voy a hacer. Incluso aunque me haga él la foto. No conozco Valencia, pues no pinto Valencia. Que será bonito, no digo nada, pero prefiero viajar por Europa y no por España, que al final es la misma gente, la misma comida y todo. Yo: También vi que Gijón era o de día, o algo nublado o de noche. APS: Es que Gijón es la vida nocturna, las drogas, el bar, el andar por la noche y no ver una puta alma por la calle. En París no hay demasiada movida –hay turismo y tal– porque también me muevo por bares que son grises y son fríos. Incluso hay varios cuadros tanto de París como de Bruselas en los que todo es gris menos los edificios, que hay mucho rojo. Yo: En el mismo video, también comentabas que hubieses querido ser arquitecto. APS: El porqué no soy arquitecto pregúntaselo a los Dominicos de La Felguera, que ya el tercer día me dijeron «Tú no vas a la universidad». Entonces yo no estudiaba, para qué, si me iban a suspender igual… pues que les den por el culo. En clase, nos mandaban hacer un trabajo. Aunque lo hagas mejor o peor, que tampoco son concursos, ellos tenían a sus favoritos, porque fuesen más dóciles o por sus familias, y a esos los iban preparando para la universidad, lo que tenían que aprender. Y lo decían, los grandísimos hijos de puta de los Dominicos, delante de toda la clase… es que ni me miraban. «Tú, que eres maricón, que eres drogadicto, que bebes, te vas a cagar en tu puta madre, y vas a estar en la mina o, si eres mujer, limpiando escaleras. Eso sí, si me chupas el culo, acabas de abogada». Queréis otra cerveza, entonces, ¿no?

[Se va, y pide otra cerveza más]

APS: Ahora nos la traen. Yo: Vale, muchas gracias. Quería también preguntarte sobre ese particular interés tuyo en los edificios. APS: Matemáticas y física, ni idea, soy un negado. Sé dibujarlos. Alejandro: ¿Y la forma de los edificios? Es quizás lo más característico de tu pintura, los edificios blandos. APS: Sí, tampoco lo busco. Yo como salga, si sale torcida pues la dejo. No es pensado, tampoco. O sea, que tampoco es nada a propósito.
Yo: Quizás a ambos nos recuerda, esa forma tan peculiar, a, por ejemplo, la arquitectura tan peculiar de Frank Gehry o Zaha Hadid. APS: El Guggenheim o esa arquitectura que se lleva ahora, o a finales de los dos mil, todos con unas formas retorcidas, tanto los edificios de Frank Gehry o Calatrava, que es una mierda, o Jean Nouvel, otra porquería. Pocos me gustan: el mejor, quizás, Norman Foster, Herzog & de Meuron… Pero es que yo no pinto esos edificios, yo pinto de edificios de antes de siglo XX, que no es ni modernista. Y no los pinto torcidos, me salen torcidos; no es pensado. Y luego, ya que se me fue la mano, lo exagero. Ahora en España se están haciendo museos por todas partes, que no sabemos de dónde sale el dinero ni quién lo lleva. La gestión de la publicidad con la complicidad de los artistas para hacerse publicidad mutuamente: tú expones, pero me promocionas; tú me inflas los precios, yo te lo dejo más barato en el mercado. Y así se hacen los museos de arte contemporáneo, entre los políticos y los artistas vendidos. Y luego estos artistas o pseudoartistas crecen porque están expuestos en tal museo que tiene tal nombre –aunque luego a ese museo no vaya nadie– y así crean curriculum y bueno, la mafia. Entre amigos queda en el negocio. Yo: Y en los museos, para exponer, ¿tienes que pagar? APS: No, no. Todo lo contrario: te publicitan, te hacen catálogos, prensa, radio, pero esa publicidad que te hace el museo hay que devolverla, porque no lo hace gratuitamente. Un museo del arte contemporáneo, que lo pagamos todos, es como una galería de arte. Tienes que pagar para que te expongan en ese museo del arte contemporáneo. Yo: Supongo que te refieres a nombres como Antonio López o pintores, digamos, más mediáticos. APS: No, no. Todos esos en que piensas están ya retirados. Esos ya robaron lo que pudieron y se retiraron. El problema es que hay muchísima gente joven que intenta hacer lo mismo. Yo tengo treinta y nueve años y te hablo de gente que con veintitres años ya está robando en museos. Con internet, ven videos de Youtube, conferencias sobre cómo introducirte en el mundo de arte moderno. ¡Videos de autoayuda para trepas! ¡Yo es que alucino! La gente, con esos años, sale de la Escuela de Arte de Oviedo, que yo creo que es la peor escuela de arte de España en la que todos los directores fueron elegidos a dedo y sin tener ni idea de arte, que promocionaban a sus favoritos y, ¡fíjate!, de esa gente ya no se sabe nada, ya pasaron de moda. Eso pasa por poner a políticos a dirigir una escuela de arte. Y no solo tiene la culpa el concejal de
Cultura: también el artista que se vende a esa mierda. Va a robar, a trepar y a pisar a los demás, como todos. Esa es la cultura. Yo a eso me niego: nunca lo hice y nunca lo voy a hacer. La gente joven como vosotros van a saco. Yo no pinto para triunfar, yo pinto para ganar un dinero, y cuando cuelgo fotos en internet no lo hago para que la gente me diga «¡Ay, qué bonito, qué precioso lo que me transmite!». Lo pongo para que lo vean y venderlo, no para lucir qué buen artista puedo ser. ¡Para sacar dinero! Yo: Hombre, algo te gustará que te digan que lo haces bien. APS: Sí, claro, se agradece. Pero el fin es vender. Qué más da un cuadro que un cenicero artesanal, si al final lo que te interesa es venderlo. «¡Ay, qué bonito es el cenicero!». Muy bien, ¿lo vas a comprar? Alejandro: Claro, al final la gente quizás no se da cuenta de que los artistas también tienen que vivir: actores, músicos, pintores… APS: Bueno, los músicos mejor que el pintor, ¿eh? Yo vendo un cuadro y se acabó el cuadro, pero un músico que su canción se hace en dos días… le da dinero dos años, sino toda la vida si le sale bien. Sí es verdad que hay muchos pintores que venden láminas o postales, pero a mí me parece muy narcisista: si yo vendo un cuadro, no vendo una fotocopia, sino el original. ¡Pero si es más barato mi original que tu lámina, cabrón! ¡Cómo te atreves! ¡Si tienes veinticuatro años! Lógicamente, no necesitan ese dinero para vivir. De lo que no se dan cuenta es que esto es un negocio, y que no estamos para ver quién es más guay ni nada, que lo que se trata es de vender. Si gustas, genial, porque vendes más. Pero tú haces lo que quieres, no lo haces expresamente para vender o gustar, sino que vendes porque gusta. Lo mismo un músico. Presta que les gustes, de hecho, es publicidad pero de otra manera. Yo: ¿Qué tal se vende ahora? APS: Ahora mismo no se vende nada. Hace siete años yo vendía todo, hacía los cartones que eran más caros y estaba forrado. Ahora no vendo nada, estoy en la puta ruina, y es que me da igual. Es que no le voy a comer el culo a nadie. Y aunque eso me dé más dinero, no lo voy a hacer porque no me sale de los cojones. Haré lo que me dé la gana aunque me muera de hombre. No me vendo. Yo: Adolfo, muchísimas gracias por tu tiempo. APS: A vosotros, a vosotros, por venir y aguantarme.

Gijón, 2016.