FALLECIMIENTO DE LADY DI. 31 de Agosto de 1997.

Descripción

Un amigo desde que somos bebés, nuestras madres son amigas de siempre, me recomienda que cuente mi vida desde la muerte de Lady Di, el día que mi vida se fue a la mierda para siempre. Tenía 21 años, un niñato que nunca había salido de su casa, en Gijón todo el día por la fiesta provinciana. En Londres me pusieron las pilas, a currar 8 horas y no tener ni una libra (un pound) para salir a tomar algo. Cómo en España ahora. Y en infraviviendas compartidas. Mi primer trabajo en el lujoso barrio de Chelsie, haciendo muffins, magdalenas, de arándanos o chocolate y bocadillos de lechuga o atún de lata con maiz para los ejecutivos de la zona, a la hora del break se llenaba. El primer día fui de doblete, había conocido al tío que más me marcó en la vida y murió Lady Di en París, él es francés, del barrio de Saint-Denis de París. En la radio de la cocina siempre ponían radio clásica, de la BBC, no paraba de sonar el pegadizo Canon en Re mayor de Pachelbel, "En memoria de Diana, Reina de Corazones", "Dedicado a la Princesa del Pueblo", continuamente, fue una tortura, 8 horas con lo mismo. Salía a recoger las mesas y los clientes preocupados, nerviosos, con The Sun o The Daily Mirror con palabras enormes: DIANA DIE. Edición especial. Yo estaba agotado y hasta los cojones de abrir y cerrar la nevera industrial para hacer cada bocadillo, lo podía tener todo fuera y hacerlos más rápido, pero el dueño era maniático. Les hacíamos una patata enorme al horno partida por la mitad con beans de lata dentro. Se chupaban los dedos. Mi compañera, de la misma agencia, una estudiante francesa que solo estaba por el verano para aprender inglés y esclavizada, también estaba borracha, era, creo, un sábado y se equivocó con las medidas de la masa de los muffins, lo negó todo y era más que evidente, no coincidía ni una medida, ella decía que estaba bien y era una pasta líquida cómo bechamel, me entraba la risa, el jefe entraba en cólera y ella tan tranquila. 8 horas de pie sin fumar, sin un segundo para respirar y escuchando el Canon en Re mayor de Pachelbel continuamente. Una vez y otra. Acabé, me hicieron contrato y me dieron 2 días libres. Nunca volví. Busqué un trabajo mejor por el centro, encontré otro haciendo Croissants en el Soho, una pastelería francesa, Maison Bertaux, al lado de Old Compton. Los otros dos chicos del horno eran franceses y hablaban entre ellos, eran hermosamente rubios. También trabajaba un yugoslavo, no sé de donde, la guerra estaba en pleno apogeo; era el chico de los recados y la dueña, que se parecía a Verónica Forqué, muy simpática, le olía el aliento para que no fumase. Nosotros estábamos en la 3ª planta, fumando, claro, escuchando techno en un cassette y haciendo bollería casi sin pensar, no hacíamos nada, amasábamos 2 minutos y abrir la puertecita del horno para mirar, se hacían solos dentro del horno de gas de más de 100 años de hierro fundido, era enorme. Yo era el encargado de bajarlo hasta la planta baja, donde estaba la tienda, por una escalera estrechísima, de pintura desconchada y moqueta podre, en bandejas humeantes. Cuando llegaba al mostrador me sonreían. Yo estaba todo el rato en la ventana fumando y mirando para la calle, era un espectáculo para un recién llegado. Pero ante la muerte en el túnel del Pont de l'Almá de París de Diana, que me pilló follando en un apartamento del Soho, salía casi a diario de fiesta, había llegado hace una semana y tenía dinero, no hubo piedad, a los varios días fue el funeral, tardó, hablaban de la autopsia y no salió ni una sola foto de ella muerta, se empezó a reunir gente en la carretera enfrente de nuestra casa, una residencia de franceses, italianos y españoles para trabajar en verano, insalubre 100%. Era por la mañana, yo tenía un balcón en la habitación compartida de la casa victoriana abandonada y salimos a ver el barullo con café y galletas con chocolate en pijama, hacía mucho calor esa mañana. Pasaron 3 coches solamente, uno de policía, otro con el ataúd de Diana y el coche de la familia, solo uno, iban los hijos y la reina. La gente les tiraba flores en silencio, al paso del cortejo, nosotros nos emocionamos y le gritamos guapa y dábamos palmas. Éramos los gitanos del barrio, en Hampstead, un barrio de lo más caro de Londres, no nos dejaban colgar los calcetines a secar en la ventana por estética, nos multaban. Fue muy rápido el cortejo fúnebre, a la par que escaso, sólo 3 coches, duró unos minutos, al rato la gente se dispersó y quedó otra vez la calle vacía, nosotros contando los Porsches y los Rolls que pasaban delante de nosotros, aburridos, fumando en la terraza y quejándonos de los trabajos de mierda con los que nos explotaban miserablemente los ingleses. Esa noche, mientras Diana salía por la puerta giratoria de Ritz de París estaba con un tío en el Soho y sin enterarme de nada de doblete a trabajar por primera vez en mi vida, a hacer magdalenas. Su última imagen fue saliendo del Ritz con Dodi Al Fayed, en la place Vedôme. (Ilustración: Santa Lady Di, tinta y acuarela sobre papel, 28 x 38 cm. 2002).

Un amigo desde que somos bebés, nuestras madres son amigas de siempre, me recomienda que cuente mi vida desde la muerte de Lady Di, el día que mi vida se fue a la mierda para siempre. Tenía 21 años, un niñato que nunca había salido de su casa, en Gijón todo el día por la fiesta provinciana. En Londres me pusieron las pilas, a currar 8 horas y no tener ni una libra (un pound) para salir a tomar algo. Cómo en España ahora. Y en infraviviendas compartidas. Mi primer trabajo en el lujoso barrio de Chelsie, haciendo muffins, magdalenas, de arándanos o chocolate y bocadillos de lechuga o atún de lata con maiz para los ejecutivos de la zona, a la hora del break se llenaba. El primer día fui de doblete, había conocido al tío que más me marcó en la vida y murió Lady Di en París, él es francés, del barrio de Saint-Denis de París. En la radio de la cocina siempre ponían radio clásica, de la BBC, no paraba de sonar el pegadizo Canon en Re mayor de Pachelbel, «En memoria de Diana, Reina de Corazones», «Dedicado a la Princesa del Pueblo», continuamente, fue una tortura, 8 horas con lo mismo. Salía a recoger las mesas y los clientes preocupados, nerviosos, con The Sun o The Daily Mirror con palabras enormes: DIANA DIE. Edición especial. Yo estaba agotado y hasta los cojones de abrir y cerrar la nevera industrial para hacer cada bocadillo, lo podía tener todo fuera y hacerlos más rápido, pero el dueño era maniático. Les hacíamos una patata enorme al horno partida por la mitad con beans de lata dentro. Se chupaban los dedos. Mi compañera, de la misma agencia, una estudiante francesa que solo estaba por el verano para aprender inglés y esclavizada, también estaba borracha, era, creo, un sábado y se equivocó con las medidas de la masa de los muffins, lo negó todo y era más que evidente, no coincidía ni una medida, ella decía que estaba bien y era una pasta líquida cómo bechamel, me entraba la risa, el jefe entraba en cólera y ella tan tranquila. 8 horas de pie sin fumar, sin un segundo para respirar y escuchando el Canon en Re mayor de Pachelbel continuamente. Una vez y otra. Acabé, me hicieron contrato y me dieron 2 días libres. Nunca volví. Busqué un trabajo mejor por el centro, encontré otro haciendo Croissants en el Soho, una pastelería francesa, Maison Bertaux, al lado de Old Compton. Los otros dos chicos del horno eran franceses y hablaban entre ellos, eran hermosamente rubios. También trabajaba un yugoslavo, no sé de donde, la guerra estaba en pleno apogeo; era el chico de los recados y la dueña, que se parecía a Verónica Forqué, muy simpática, le olía el aliento para que no fumase. Nosotros estábamos en la 3ª planta, fumando, claro, escuchando techno en un cassette y haciendo bollería casi sin pensar, no hacíamos nada, amasábamos 2 minutos y abrir la puertecita del horno para mirar, se hacían solos dentro del horno de gas de más de 100 años de hierro fundido, era enorme. Yo era el encargado de bajarlo hasta la planta baja, donde estaba la tienda, por una escalera estrechísima, de pintura desconchada y moqueta podre, en bandejas humeantes. Cuando llegaba al mostrador me sonreían. Yo estaba todo el rato en la ventana fumando y mirando para la calle, era un espectáculo para un recién llegado. Pero ante la muerte en el túnel del Pont de l’Almá de París de Diana, que me pilló follando en un apartamento del Soho, salía casi a diario de fiesta, había llegado hace una semana y tenía dinero, no hubo piedad, a los varios días fue el funeral, tardó, hablaban de la autopsia y no salió ni una sola foto de ella muerta, se empezó a reunir gente en la carretera enfrente de nuestra casa, una residencia de franceses, italianos y españoles para trabajar en verano, insalubre 100%. Era por la mañana, yo tenía un balcón en la habitación compartida de la casa victoriana abandonada y salimos a ver el barullo con café y galletas con chocolate en pijama, hacía mucho calor esa mañana. Pasaron 3 coches solamente, uno de policía, otro con el ataúd de Diana y el coche de la familia, solo uno, iban los hijos y la reina. La gente les tiraba flores en silencio, al paso del cortejo, nosotros nos emocionamos y le gritamos guapa y dábamos palmas. Éramos los gitanos del barrio, en Hampstead, un barrio de lo más caro de Londres, no nos dejaban colgar los calcetines a secar en la ventana por estética, nos multaban. Fue muy rápido el cortejo fúnebre, a la par que escaso, sólo 3 coches, duró unos minutos, al rato la gente se dispersó y quedó otra vez la calle vacía, nosotros contando los Porsches y los Rolls que pasaban delante de nosotros, aburridos, fumando en la terraza y quejándonos de los trabajos de mierda con los que nos explotaban miserablemente los ingleses. Esa noche, mientras Diana salía por la puerta giratoria de Ritz de París estaba con un tío en el Soho y sin enterarme de nada de doblete a trabajar por primera vez en mi vida, a hacer magdalenas. Su última imagen fue saliendo del Ritz con Dodi Al Fayed, en la place Vedôme.

 

(Ilustración: Santa Lady Di, tinta y acuarela sobre papel, 28 x 38 cm. 2002).

 

Fecha

8 abril 2017